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Cómo crear personajes creíbles en una novela: personalidad, motivaciones y evolución

Manuel Reina Siles
14 oct
15 min de lectura

Un personaje puede dar vida a dragones, resolver crímenes imposibles o realizar viajes en el tiempo, pero si sus decisiones no resultan humanas, la historia se rompe. La credibilidad no depende de que el personaje sea “realista” en un sentido estricto. Depende de que el lector entienda por qué actúa, qué desea, qué teme y cómo cambia cuando la trama se complica.


Crear personajes creíbles en una novela exige algo más que elegir un nombre, una edad y un rasgo llamativo. Hace falta construir una persona de ficción con contradicciones, hábitos, heridas, deseos y límites, o lo que es igual, con su propio carácter, respetando su lógica interna, incluso cuando se equivoca.


La buena noticia es que no se necesita una ficha infinita ni conocer cada detalle de su infancia. Se necesita saber qué información afecta a la historia y cómo usarla en escena.


Vista cenital de un cuaderno abierto con notas sobre un personaje junto a una taza y varios libros.
Todo personaje empieza a cobrar vida cuando sus deseos y conflictos se asemejan a la realidad.

La personalidad se construye con acciones, no con etiquetas


Decir que un personaje es valiente, inseguro o arrogante no significa que el lector vaya a percibirlo así. Para que esos rasgos resulten creíbles, tiene que verlos reflejados en sus acciones, sobre todo cuando las cosas se complican. Podemos utilizar esas etiquetas al crear el personaje, pero, cuando llega el momento de contar su historia, debemos demostrar cómo es en realidad.


Pensemos en un personaje generoso. No basta con que otros lo describan como una buena persona. Lo conoceremos mejor cuando comparta lo poco que tiene, ayude a alguien sin esperar nada a cambio o renuncie a algo importante para él por el bien de otra persona. Lo mismo ocurre con la cobardía. Un personaje que miente para evitar un enfrentamiento o abandona a alguien cuando más lo necesita nos dice mucho más de sí mismo que cualquier descripción.


A la hora de construir la personalidad, hay tres aspectos que conviene tener en cuenta.


El primero es cómo se comporta delante de los demás. Puede mostrarse amable, sarcástico, distante, encantador o reservado (yo más bien, de estas cinco cosas, me defino como la segunda: ¿sarcástico? sí, eso mismo). La imagen que proyecta es la forma en que quiere que los demás lo vean. Y no siempre coincide con quien es realmente.


El segundo es cómo se ve a sí mismo. Quizá esté convencido de que es una buena persona, aunque manipule a quienes lo rodean. O tal vez se considere débil, a pesar de haber demostrado una y otra vez que es capaz de soportar situaciones muy difíciles. La imagen que tenemos de nosotros mismos no siempre se corresponde con la realidad, y esa contradicción puede dar mucho juego en una novela.


El tercero es cómo reacciona cuando apenas tiene tiempo para pensar. Ante el peligro, la vergüenza, el deseo o la pérdida, solemos actuar de una manera más espontánea. Es en esos momentos cuando un personaje puede revelar aspectos de sí mismo que ni siquiera reconoce. Una reacción inesperada puede decir más sobre él que varias páginas de explicaciones.


Para profundizar en su personalidad, puedes hacerte algunas preguntas:


  • ¿Qué rasgo admira el personaje en otras personas?

  • ¿Qué defecto no soporta, aunque también lo tenga?

  • ¿Qué hace cuando se siente acorralado?

  • ¿Qué mentira cuenta sobre sí mismo?

  • ¿Qué gesto pequeño repite sin darse cuenta?


Las respuestas te ayudarán a darle matices y a evitar que parezca un personaje creado únicamente para cumplir una función dentro de la trama.


Una detective brillante, por ejemplo, puede morderse las uñas cada vez que tiene que llamar a su hija. Un rey que gobierna con justicia quizá necesite la aprobación constante de su consejero. Y una adolescente que presume de no necesitar a nadie puede guardar como un tesoro las cartas que le escribía su abuela. (En mi última novela: Antón Quintana, crónicas de un policía corrupto, el personaje se da a la bebida. Un tópico, sí, pero en según qué casos, necesario).


Son detalles pequeños, pero hacen que los personajes resulten más humanos. Porque una persona no es solamente valiente, generosa o arrogante. También está llena de contradicciones, inseguridades y costumbres que, a primera vista, parecen no tener importancia.


Los antecedentes deben explicar al personaje, no condenarlo a ser siempre el mismo


El pasado importa. Nos ayuda a comprender por qué una persona tiene ciertos miedos, de dónde vienen sus habilidades, qué prejuicios arrastra o qué necesita encontrar en la vida. Sin embargo, hay que tener cuidado con una idea: que a un personaje le haya ocurrido algo no significa que ese acontecimiento determine por completo quién es.


La infancia, la familia, la educación, la posición social, el lugar de origen, las pérdidas y las relaciones afectivas dejan huella. Todo ello contribuye a formar su manera de ver el mundo. Pero las personas no reaccionan siempre de la misma manera ante experiencias similares. Dos personajes pueden haber sufrido una pérdida parecida y afrontarla de formas completamente distintas. Uno puede cerrarse a los demás para evitar que vuelvan a hacerle daño; el otro puede dedicar su vida a proteger a quienes le rodean, precisamente porque sabe lo que significa sufrir.


Por eso, cuando trabajes los antecedentes de un personaje, no te limites a acumular datos biográficos. Pregúntate qué consecuencias tienen esos acontecimientos en su vida actual y cómo influyen en las decisiones que toma a lo largo de la novela.


Para empezar, puedes utilizar una ficha sencilla:


Pregunta

Qué te ayuda a descubrir

¿Qué tuvo que aprender demasiado pronto?

Sus heridas, sus mecanismos de defensa y las ideas equivocadas que pudo desarrollar.

¿Qué perdió o teme perder?

Sus miedos y los conflictos que pueden ponerlo a prueba.

¿Qué sabe hacer especialmente bien?

Las habilidades y los recursos que podrá utilizar durante la historia.

¿De qué se avergüenza?

Sus inseguridades, sus secretos y aquello que intenta ocultar.

¿A quién se siente obligado a ser leal?

Los vínculos que pueden complicar sus decisiones.


No necesitas contar todo ese pasado de golpe. De hecho, suele ser más interesante dejar que el lector lo descubra poco a poco, a medida que avanza la historia. Una reacción que parece exagerada, una pregunta que el personaje evita responder o un objeto del que se niega a desprenderse pueden despertar la curiosidad y revelar mucho más que una larga explicación.


Pensemos en Jane Eyre, la protagonista de la novela de Charlotte Brontë. Su infancia está marcada por el rechazo, la soledad y los malos tratos. Sin embargo, esas experiencias no sirven simplemente para justificar su carácter. Nos ayudan a comprender cuánto necesita el afecto, por qué defiende su dignidad y por qué se niega a aceptar una vida en la que tenga que renunciar a sus principios para ser querida. Su pasado nos permite entender mejor sus decisiones, pero no las toma por ella.


Algo parecido ocurre con Harry Potter. La orfandad y el maltrato que sufre en casa de los Dursley influyen en su manera de relacionarse con los demás y en su deseo de encontrar un lugar al que pertenecer. También ayudan a entender por qué valora tanto la amistad y por qué está dispuesto a arriesgarse para proteger a quienes considera su familia. Esos antecedentes no son simples datos biográficos: tienen consecuencias en sus relaciones y en la forma en que afronta los conflictos.


El pasado de un personaje cobra verdadero sentido cuando sigue presente en sus decisiones, sus relaciones y sus contradicciones. No se trata de explicar por qué es como es y dar el asunto por terminado, sino de mostrar cómo convive con lo que ha vivido y qué hace con ello.


Primer plano de una mano que sostiene una fotografía antigua junto a cartas y recuerdos familiares.
Los objetos del pasado pueden sugerir una vida entera sin explicarlo todo.

Las motivaciones dan dirección a cada escena


Todo personaje necesita una razón para actuar. Puede querer sobrevivir, vengarse de alguien, encontrar su lugar en el mundo, ocultar una culpa, recuperar a una persona o escapar de una vida que le resulta insoportable. Lo importante es que tenga algo que lo impulse a seguir adelante. De lo contrario, sus acciones parecerán ocurrir sin un propósito claro y la historia perderá fuerza.


Esa motivación no tiene por qué ser noble ni admirable. A veces, los deseos que más nos interesan como lectores son precisamente aquellos que nos incomodan.


Para construir personajes con profundidad, conviene distinguir entre lo que quieren conseguir y lo que realmente necesitan.


El deseo externo es aquello que el personaje quiere alcanzar. Puede tratarse de ganar un juicio, encontrar un tesoro, resolver un asesinato, casarse con alguien o escapar de una ciudad. Es un objetivo concreto que permite al lector entender qué persigue y qué está dispuesto a hacer para conseguirlo.


La necesidad interna, en cambio, tiene que ver con aquello que el personaje necesita comprender o cambiar en sí mismo. Quizá deba aprender a confiar en los demás, dejar de buscar constantemente la aprobación ajena, aceptar que ha vivido aferrado a una ilusión oenfrentarse a una culpa que lleva demasiado tiempo evitando. (Mira por dónde, esto le pasó a Jael, el personaje principal de mi primera novela).


Ambas fuerzas no siempre van en la misma dirección, y ahí es donde aparece buena parte del interés de una historia. Un personaje puede pasarse la vida persiguiendo el éxito porque cree que así conseguirá ser querido, cuando en realidad necesita aprender a valorarse sin depender de la opinión de los demás. Otro puede estar obsesionado con vengarse de quien le hizo daño, sin darse cuenta de que esa obsesión le impide recuperar la paz.


Esa lucha entre lo que el personaje quiere y lo que necesita es una fuente de conflicto que puede acompañarlo durante toda la novela.


Para trabajar sus motivaciones, puedes empezar por plantearte cinco cuestiones:


  1. ¿Qué quiere conseguir y por qué es importante para él?

  2. ¿Qué se interpone en su camino?

  3. ¿Qué miedos, heridas o creencias influyen en sus decisiones?

  4. ¿Qué está dispuesto a sacrificar para alcanzar su objetivo?

  5. ¿Qué ocurre cuando descubre que conseguir lo que quería no es tan sencillo como imaginaba?


Las respuestas te ayudarán a construir un personaje cuyas decisiones tengan consecuencias y cuya historia avance a partir de ellas.


¿Te acuerdas de Frodo en El señor de los anillos? Su misión consiste en llevar el Anillo hasta el lugar donde puede ser destruido, pero el viaje va mucho más allá de recorrer una distancia. A medida que avanza, el peso del Anillo afecta a su resistencia, a su voluntad y a su capacidad para seguir adelante. Cada etapa le exige un esfuerzo mayor, y el lector comprende que cumplir su misión puede costarle mucho más de lo que imaginaba al principio.


La motivación impulsa la historia porque se traduce en decisiones concretas. No hace falta recordar constantemente al lector qué quiere conseguir cada personaje. Basta con que sus acciones, sus dudas y los obstáculos que encuentra mantengan vivo ese objetivo.


La coherencia interna sostiene la ilusión de vida


Las personas no actuamos siempre de la misma manera. Podemos mostrarnos generosos un día y egoístas al siguiente, defender una idea con convicción y terminar cuestionándola, o reaccionar de una forma que ni nosotros mismos esperábamos. Los personajes también necesitan ese margen para equivocarse, cambiar de opinión y contradecirse.


Por eso, ser coherente no significa comportarse siempre igual. Significa que, cuando un personaje actúa de una manera inesperada, el lector puede comprender qué lo ha llevado hasta ahí.


Imagina que has presentado a un personaje tranquilo, que evita las discusiones y procura resolver los problemas sin recurrir a la violencia. Si de repente golpea a alguien, sin que haya ocurrido nada que explique esa reacción, el lector puede sentir que actúa así porque el autor necesita que suceda para que la trama avance.


Pero ¿qué ocurre si lleva tiempo soportando amenazas? ¿Y si la persona a la que golpea acaba de poner en peligro a alguien a quien quiere? ¿O si se enfrenta a una situación que le recuerda una experiencia dolorosa que creía superada? En esos casos, su reacción puede sorprender, pero también resultar comprensible.


La diferencia está en la preparación. No es necesario anticipar cada decisión ni justificar todos los comportamientos, pero sí construir una base que permita entenderlos.


Una manera de conseguirlo es tener clara la brújula interna de cada personaje principal. No hace falta incluirla en la novela ni convertirla en una ficha interminable. Basta con saber qué aspectos de su personalidad pesan más cuando tiene que tomar una decisión.


Puedes empezar por identificar cinco elementos:


  • Un valor dominante: aquello que considera irrenunciable.

  • Un miedo profundo: lo que más teme perder o tener que afrontar.

  • Un límite moral: aquello que cree que nunca sería capaz de hacer.

  • Una tentación recurrente: la debilidad a la que le cuesta resistirse.

  • Un mecanismo de defensa: la manera en que intenta protegerse cuando se siente amenazado.


Imagina a un personaje para quien la lealtad está por encima de casi todo. Es capaz de mentir para proteger a sus compañeros, arriesgar su vida por ellos o renunciar a sus propios intereses. Si, de repente, traiciona a uno de sus amigos sin que exista un motivo que lo justifique, su comportamiento resultará difícil de aceptar.


Sin embargo, la situación cambia si alguien lo chantajea, si descubre que su amigo ha puesto en peligro al resto del grupo o si tiene que elegir entre dos lealtades que considera igualmente importantes. La traición puede seguir sorprendiendo al lector, pero ahora existe un conflicto que permite comprenderla.


Eso es lo interesante: un personaje puede hacer algo contrario a lo que siempre ha defendido sin dejar de resultar creíble, siempre que la historia nos permita entender qué ha cambiado o qué lo ha llevado a cruzar esa línea.


La coherencia también se refleja en la manera de hablar. Si todos los personajes utilizan las mismas expresiones, construyen las frases de forma parecida y responden con el mismo tono, acabarán pareciéndose demasiado, aunque sus personalidades sean diferentes.


Una persona impulsiva quizá responda antes de escuchar toda la pregunta. Alguien acostumbrado a analizarlo todo puede detenerse a pensar antes de contestar. Un personaje inseguro tal vez se justifique incluso cuando nadie le ha pedido explicaciones, mientras que otro, acostumbrado a mandar, puede tener dificultades para pedir ayuda sin dar una orden.


Estos rasgos no necesitan aparecer en cada intervención. Si los repites constantemente, corres el riesgo de convertirlos en una caricatura. Se trata, más bien, de que cada personaje tenga su propia manera de expresarse y de reaccionar ante los demás.


Al final, la coherencia no consiste en que el lector pueda predecir todo lo que hará un personaje, sino en que sus decisiones tengan sentido dentro de la historia.


Un personaje bien construido puede sorprendernos, decepcionarnos o incluso desconcertarnos. Podemos no estar de acuerdo con lo que hace, pero, cuando conocemos sus motivaciones y comprendemos las circunstancias que lo han llevado a actuar así, somos capaces de reconocer que su comportamiento encaja con quien es.


Un personaje resulta creíble cuando el lector puede sorprenderse por lo que hace y, aun así, pensar: “Sí, tenía sentido”.

Plano medio de una persona caminando sola por un sendero de bosque con una mochila gastada.
La coherencia se pone a prueba cuando el personaje avanza bajo presión.

La evolución de un personaje necesita tiempo


Un personaje no cambia de verdad de un momento a otro, como si al final de la novela descubriera de repente todo lo que necesitaba saber. Para que su evolución resulte creíble, el lector debe acompañarlo durante el proceso y comprender qué lo ha llevado a cambiar. Las decisiones que toma, los errores que comete, las pérdidas que sufre y las experiencias que vive van dejando huella en él. Poco a poco, aquello en lo que siempre había creído puede empezar a tambalearse.


No todos los personajes evolucionan de la misma manera. Algunos aprenden de sus errores, se atreven a confiar en los demás o encuentran el valor para reparar el daño que han causado. Otros siguen el camino contrario: se vuelven más crueles, se aferran a sus obsesiones o terminan perdiendo la capacidad de reconocer sus propios errores. También hay personajes que apenas cambian, pero cuya presencia transforma la vida de quienes los rodean.


Lo importante es tener claro qué tipo de evolución quieres contar y cómo vas a desarrollarla a lo largo de la historia.


En muchos casos, el cambio comienza con una idea que el personaje considera incuestionable. Puede estar convencido de que no necesita a nadie, de que todo el mundo actúa por interés o de que el éxito justifica cualquier sacrificio. Mientras nada ponga en duda esa forma de entender la vida, no tendrá motivos para cuestionarla.


Pero la trama empieza a enfrentarlo a situaciones que contradicen sus creencias. Al principio, quizá se resista, busque excusas o intente seguir actuando como siempre. Cambiar supone reconocer que puede haberse equivocado, y eso no resulta fácil. Sin embargo, llega un momento en que mantenerse firme en sus convicciones tiene un precio demasiado alto. Entonces debe decidir si continúa aferrado a ellas o se atreve a actuar de otra manera.


Esa decisión es la que acaba revelando hasta qué punto ha cambiado.


Cuando escribas la evolución de tus personajes, procura que cada cambio importante tenga una razón que el lector pueda reconocer. Si alguien comienza la novela desconfiando de todo el mundo y termina siendo capaz de confiar en otra persona, necesitamos ver cómo se construye esa confianza. Quizá alguien lo ayude cuando menos lo espera, quizá descubra que sus prejuicios eran injustos o quizá tenga que arriesgarse a confiar porque ya no puede resolver el problema por sí solo.


Del mismo modo, si un personaje termina renunciando a una ambición que al principio parecía dominar toda su vida, conviene mostrar qué le ha costado perseguirla y qué ha descubierto durante el camino.


No es necesario que el cambio ocupe muchas páginas ni que se explique expresamente. Lo que importa es que el lector pueda seguir el proceso y reconocer las experiencias que han llevado al personaje hasta ese punto. Incluso en una novela breve, la evolución puede resultar convincente si cada escena significativa deja alguna huella en él.


Los personajes memorables conectan por sus contradicciones


Cuando recordamos a ciertos personajes literarios, rara vez lo hacemos porque sean perfectos. Lo que suele permanecer en nuestra memoria es su manera particular de enfrentarse al mundo, sus deseos, sus errores y las contradicciones que los hacen humanos.


No necesitamos estar de acuerdo con todo lo que hacen ni aprobar sus decisiones. Lo importante es que podamos comprender qué los mueve y por qué actúan como lo hacen.


Sus contradicciones no son defectos que debamos eliminar al construir un personaje. Son parte de lo que les da profundidad.


Por eso, cuando trabajes en los tuyos, no te conformes con decidir si serán buenos o malos, valientes o cobardes, generosos o egoístas. Pregúntate qué ocurre cuando dos aspectos de su personalidad entran en conflicto. ¿Qué hace una persona generosa cuando ayudar a alguien pone en peligro a su familia? ¿Cómo reacciona alguien que valora la justicia cuando debe elegir entre decir la verdad y proteger a una persona querida? ¿Qué sucede cuando un personaje que siempre ha presumido de ser independiente descubre que necesita ayuda?


Es en esas situaciones donde aparecen las decisiones difíciles, las dudas y los comportamientos que nos permiten conocerlos mejor.


Un personaje memorable no parece existir únicamente para que avance la trama. Tiene deseos propios, arrastra sus experiencias, interpreta el mundo a su manera y se enfrenta a conflictos que no siempre sabe resolver. (Al igual que tú... al igual que yo).


Cuando conseguimos transmitir todo eso, el lector deja de verlo como una pieza de la historia y empieza a percibirlo como alguien cuya vida merece la pena conocer.


Vista lateral de una estantería con novelas clásicas y una vela encendida sobre una mesa baja.
Los personajes memorables siguen vivos porque sus conflictos aún nos resultan cercanos.

Cómo revisar si un personaje resulta creíble


Cuando escribimos el primer borrador de una novela, no siempre tenemos claro quién es nuestro personaje en todos sus aspectos. A veces creemos conocerlo desde el principio, pero descubrimos algo nuevo sobre él mientras lo vemos actuar, enfrentarse a un problema o relacionarse con los demás. Es parte del proceso de escritura. Durante la revisión, podemos aprovechar lo que hemos descubierto para darle mayor profundidad y corregir aquellos comportamientos que no encajan con su personalidad.


Una buena forma de comprobar si un personaje resulta creíble consiste en releer todas sus escenas, una tras otra, prestando atención a cómo evoluciona a lo largo de la historia. ¿Tiene algún propósito cada vez que aparece? ¿Sus decisiones encajan con lo que sabemos de él? ¿Sus cambios se producen de manera gradual o parecen surgir de repente? ¿Sus contradicciones nos ayudan a comprenderlo mejor o hacen que su comportamiento resulte confuso?


Estas preguntas permiten detectar problemas que pueden pasar desapercibidos mientras escribimos la novela.


También conviene fijarse en cuánto interviene el personaje en su propia historia. Un protagonista puede encontrarse atrapado en una situación que escapa a su control, pero eso no significa que deba limitarse a esperar a que las cosas sucedan. Incluso cuando tiene pocas opciones, puede decidir cómo responder. Quizá tome una decisión equivocada, espere demasiado antes de actuar o tenga que elegir entre dos alternativas que le perjudican. Lo importante es que sus decisiones tengan consecuencias y que no sea la trama la que decida constantemente por él.


Antes de dar por terminado un personaje principal, merece la pena comprobar algunos aspectos:


  • Tiene un deseo reconocible. Aunque no lo exprese abiertamente, sus acciones permiten intuir qué busca o qué necesita.


  • Su pasado influye en el presente. Las experiencias que ha vivido afectan a sus decisiones, sus relaciones o su manera de interpretar lo que sucede.


  • Sus virtudes también pueden jugar en su contra. Su generosidad puede llevarlo a sacrificarse demasiado; su valentía, a correr riesgos innecesarios.


  • Sus defectos tienen consecuencias. La arrogancia, los celos o la desconfianza no son simples etiquetas: afectan a su vida y a quienes lo rodean.


  • Sus decisiones influyen en la historia. Lo que hace, y también aquello que decide no hacer, contribuye al desarrollo de la trama.


  • Su evolución está justificada. Los cambios importantes se apoyan en experiencias y decisiones que el lector ha podido conocer.


  • Tiene una voz propia. Su manera de hablar y de expresarse permite distinguirlo de los demás personajes.


  • Sus contradicciones lo hacen más humano. Sus dudas y comportamientos inesperados enriquecen su personalidad sin volverlo incomprensible.


Si después de esta revisión el personaje sigue pareciendo demasiado plano, no te apresures a añadirle más rasgos biográficos. A veces, lo que necesita no es una historia más extensa, sino enfrentarse a una situación que lo obligue a tomar partido.


La presión saca a la luz aspectos que, en circunstancias normales, permanecerían ocultos. Por eso, un dilema bien construido puede ayudarnos a conocer a un personaje mejor que varias páginas dedicadas a explicar cómo es.


Los personajes secundarios también merecen atención. No necesitan la misma profundidad que el protagonista, pero conviene que tengan alguna motivación propia. Incluso el personaje que aparece brevemente para ayudar, aconsejar o poner obstáculos al protagonista resulta más interesante cuando entendemos qué pretende conseguir. No tiene por qué perseguir un gran objetivo. A veces, basta con que quiera conservar su trabajo, evitar un enfrentamiento o proteger algo que considera importante.


Estos pequeños detalles hacen que el mundo de la novela parezca habitado por personas que tienen sus propias preocupaciones, en lugar de estar compuesto por figuras que aparecen únicamente cuando el protagonista las necesita. (De esto sabe mucho, Rolo, mi mascota. Aparece en tres de mis cinco novelas)


Construir personajes creíbles requiere observación, paciencia y disposición para revisar lo escrito. No basta con decidir cómo son y mantenerlos fieles a una descripción inicial. Hay que ponerlos a prueba, observar cómo reaccionan y comprobar si sus decisiones reflejan lo que hemos construido a su alrededor.


Su personalidad se descubre en sus actos. El pasado ayuda a comprenderlos, pero no determina por completo quiénes serán. Sus motivaciones dan sentido a sus decisiones, la coherencia permite entenderlas y la evolución muestra cómo las experiencias los transforman.

Al revisar una novela, conviene recordar que no necesitamos personajes perfectos ni completamente previsibles. Necesitamos personajes cuyas decisiones podamos comprender, incluso cuando nos sorprendan o no estemos de acuerdo con ellas.


Cuando un personaje desea algo, teme perderlo, comete errores y se enfrenta a las consecuencias de sus decisiones, empieza a sentirse real. Y cuando el lector llega a ese punto, deja de limitarse a seguir lo que ocurre en la novela. Se interesa por lo que les sucede a sus personajes, se pregunta qué harán a continuación y, en ocasiones, sigue pensando en ellos mucho después de haber terminado de leer.


Por cierto, si has llegado hasta el final, bien podrías dar un like!!

 
 
 

Comentarios


"Cada experiencia de vida, y cada secreto del alma de un escritor, se hallan ampliamente inmersos en cada una de sus obras"

                                                                                                           Manuel Reina        

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